EL ÁNGEL Y LA ANTORCHA

Por Rafael Paguaga.

“A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:12).

Cuando era niño, mi mamá tenía en la sala de mi casa un hermoso adorno de un ángel, el cual sostenía en su mano una antorcha que resplandecía. Siempre me pregunté, ¿tendrán los ángeles en el cielo de estas antorchas en sus manos?

La Biblia, indudablemente, ilumina nuestros pensamientos y explica con suma claridad las cosas espirituales, haciéndolas entendibles a nuestros corazones.

De esta manera, Pedro nos enseña que los ángeles desean de manera profunda conocer la obra de Dios. El Apóstol utiliza aquí un verbo sumamente interesante al decir que ellos anhelan; esto es, “Epithumusin”. Tuve en una ocasión la oportunidad de estudiar sobre el hogar cristiano, y dentro del vocabulario de estudio, se consideraron varios sustantivos griegos que el facilitador del curso ofreció en relación a los conceptos del amor bíblico.

Uno era “Storge”, que es el amor paternal. Otro era “Fileo”, que es el amor filial, de compañerismo u afectivo. También estaba el amor “Eros”, el cual a pesar de no estar literalmente en el compendio bíblico, sí lo está conceptualmente en el libro de Cantar de los Cantares de Salomón, y por supuesto, de manera implícita.

Evidentemente, no obviaremos el término más significativo en el vocablo Novo-testamentario, esto es, el amor “Agape”. Es aquel que Dios enseñó al enviar al Cristo redentor, demostrándonos que su intención es abnegada, y precisamente, caritativa.

Con todo, hubo un término muy peculiar y hasta un poco curioso, que observé entre todos estos; el amor “epithumia”. De este, aprendí que se refiere a aquel anhelo fervoroso que sintiera un esposo por su amada; como también, hace alusión a los anhelos internos de las personas, tanto así, que pudiera sentirse desde lo profundo de las entrañas. Lo que Pedro dice, es que si los ángeles tuvieran entrañas (como las tienen los hombres), estas se conmoverían dentro de ellos por el deseo intenso que tienen en conocer la obra de Dios, y sobre todo, por la predicación del glorioso evangelio de Cristo.

Descubrí, que la antorcha resplandeciente la tenemos ambos, usted y yo. Porque el evangelio es la antorcha más refulgente que puede brillar en el oscuro mundo del pecado y la cruenta impiedad. Empero, Dios solamente nos ha concedido este bello regalo de luz a nosotros, los seres humanos.

¿Cuánto anhelo tiene usted para observar las maravillosas obras de Dios en su palabra? ¿Aprovecha el tiempo oportuno para participar del privilegio divino predicando el evangelio? De una cosa estamos seguros; los ángeles no perderían ni un tan solo segundo de los tantos que usted y yo tenemos, por adentrarse en estos asuntos divinos.

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